09 noviembre 2009

Verbo Principal


Yo, que soy mexicana, nacida en la monstruópolis, prisionera de ella; yo, que en mis pesadillas veo cómo la mar Océano se transforma en los charquitos que son como las heridas que quedaron de la antigua laguna. Yo, que no he visto en toda mi vida más que montañas y cerros y volcanes que progresivamente pierden la nieve. Yo, que soy mexicana, pero que sólo conozco de sus casi dos millones de kilómetros cuadrados los costados de la carretera, de las mismas aburridas carreteras, que van de Monstruópolis a la semidesértica San Luis Potosí; que me aprendí de memoria sus señalizaciones, sus cerros, los silos que la franquean; yo que tengo impresa en la memoria, como huellas, las misteriosas cruces que adornan los enormes cerros cercenados por la carretera; (y que nunca he tenido la curiosidad de averiguar qué hacen ahí); yo, prisionera de mis propios vicios, atada de pies y manos por la pequeñez de mi pensamiento; yo, que anhelo el mar, su orilla, sus profundidades, la lejanía donde los rayos de la noche se impactan sobre el mar; yo, que desespero por la dificultad de trasponer las fronteras espesas y salobres de la Monstruópolis, la cual, dicho sea incidentalmente, tampoco conozco; yo, que quisiera subir a la torre más alta, a la cumbre que más se yerga sobre Monstruópolis, o subirme a un avión y ver desde lo alto altísimo los icebergs que alguna vez vi entre Nueva York y Madrid; yo, que quisiera desde esa altura infinita convencerme, con el de Hipona, de que mi yo, ese disminuído y enflaquecido yo, vaciado de sí mismo y lleno de fantasmas; yo, que quisiera convencerme a mí misma de que este flaco yo posee más maravillas que el mundo entero, y yo, que quisiera ver mucho mundo para entonces darme una magra idea de lo impresionante que ha de este yo que tanto habla; yo, he dejado al fina el verbo de esta larga y vacía oración.

08 noviembre 2009

Ñoñismo


Ñoñismo...


Este blog padece de un agudísimo ataque de ñoñismo.


Hasta yo me caigo gorda de tan ñoña.


Así que basta de ñoñedades. Mejor novedades. Pero para que ello ocurra, habrán de entrar las bellezas a mi entendimiento, y habrá de liberarlo de ponerlo sobre ellas. Así que cuando tenga algo nuevo que decir, volveré.

05 noviembre 2009

Ἀλεξάνδερ (confesiones profesionales)

Creo que ese es un astrolabio persa. Como sea: representa un poco mi situación actual:
una brújula en un idioma (aunque latín, el de un Persa) que todavía me es extraño...
pero aprenderé suficiente latín... y a manejar el astrolabio...



Lo que pasa es que, contra toda espectativa, me adentré en terrenos totalmente desconocidos.
¿Qué razones, qué intenciones me empujaron hacia allá? ¿Las mismas que me hicieron inscribirme a Letras Clásicas?
(se llama igual... pero sshhht! es un secreto. no le digan a nadie... δὲ ἧν καὶ εὐειδεστατός είς ὑπερβολήν)

Aún no sé que fue lo que aquella tarde me hizo revertir mis intenciones originales. Yo estaba ahí, en la fila del CELE dispuesta a llevar a cabo uno de mis más antiguos proyectos: inscribirme a Árabe. Por puras ganas. No tenía razón alguna. Y ése fue el problema. Porque yo iba acomenzar una tesis sobre Emmanuel Lévinas (el acento es francés, pronuncien levinás... creo que así se pronuncia... aunque claro: no vaya a pasar como con Chopin, que sí se pronuncia ChopÍn en polaco, pero que los franceses nos han hecho pronunciar ChopÁn). Me gustó porque leí el prefacio: nadie podrá vencer jamás al Genio Maligno. Y me gustó porque todo iba centrado en el asunto del Yo. Y ese es mi tema per saecula saeculorum.

Y ocurrió que estaba en la fila del CELE cuando conocí a un tipo muy simpático que tenía en las pestañas un poco de Ángel Face de Pond's. Él se iba a inscribir a Hebreo. La deliberación era si debía seguir mi antiguo sueño de inscribirme a árabe o debía tomar la responsable decisión de inscribirme a hebreo puesto que iba a estudiar a un autor judío que hablaba del פנים (panim), es decir, del rostro.
Yo no le entendía un pito a Lévinas. Y por ello comencé a leer a Husserl (pues todo era, según esto, método fenomenológico). Y busqué otros judíos a los cuales leer. Comencé con La guía de los Perplejos de Maimónides. No lo sabía aún, pero Maimónides fue mi primer contacto, no sólo con el alefato hebreo, sino también con el pensamiento neoplatónico. Mucho me tardé en descubrir que ningún filósofo judío escribía en hebreo: Filón lo hizo en griego, Maimónides en árabe, Spinoza en latín, Hermman Cohen en alemán y Lévinas en francés. Yo no lo sabía. Gracias a Dios en ese momento no lo sabía.

Y ese tipo, que estudiaba Letras Clásicas y, que con el tiempo, se transformó en mi mejor amigo, me convenció de inscribirme con él a hebreo durante los veinte minutos que esperamos formados.

Y así fue. Me inscribí a hebreo y obtuve mi primer contacto con el mundo semita, con un idioma sin vocales -y su impecable lógica semántica y alfabética-
Y comencé a introducirme por fin el Lévinas. No entendía un pito al principio, pero la paciencia poco a poco me fue abriendo el camino hacia aquél oscuro judío lituano. Mucho me sirvió leer el artículo a la Enciclopaedia Britannica de Husserl, y también las Lecciones de Fenomenología de la conciencia interna del tiempo. Pero el hebreo simplemente no me clarificaba nada sobre el panim de Lévinas, sobre Éxodo 33:14 y un Dios que nos da las Espaldas y que se niega a mostrarnos su rostro. Y menos entendía aquella insistencia en el 'yo', tan desacreditado en nuestros días.

Entonces ocurrió que recursé Historia 3. El buen Priani había tenido el detallazo de olvidarse, por tres veces consecutivas, de asentar mi calificación de Filosofía Medieval. Así que me inscribí con el Padre Ramos. La primer encomienda fue leer el libro X de Confesiones. Y (he de confesar por primera vez la razón verdadera) me comenzó a angustiar que la clase ya iba a empezar y yo nomás no terminaba de leer el libro X. Así que no entré a la clase, y me quedé afuera leyendo a Agustín. Y comencé a sacar notas y notas y a esforzarme por entenderle al africano. Y pues ocurrió que dejé de entrar con Ramos y perdí mi último derecho a inscribirme a Historia III (en ese tiempo era una estudiante demasiado valemadrista e irresponsable). Pero resultó que Agustín me agradó sobremanera. Así que lo más natural se me hizo presentar, por enésima vez el extraordinario con Priani sobre el libro X de Confesiones. E imperceptiblemente me agustinicé.

Y una noche, dentro del Tsuru, junto con Daniel estaba pensando qué tema podía interesarle a Horneffer para que yo pudiera dar una clase con él. Pensando y pensando, se me iluminó de pronto el coco: ¡claro! ¡El homo interius de Agustín y el misterioso yo de Lévinas!

Nunca dí ni preparé esa dichosa clase, pero encontré un tema de tesis y por fin encontré la clave exegética para comprender al lituano que, finalmente descubrí, resultó ser un cripto-agustiniano.

Comencé con Agustín, y, contra el sabio consejo que me había dado la sabia experiencia, le pedí a Priani que asesorara "eso". Pero poco a poco fui abandonando a Lévinas: Agustín era demasiado impresionante para mi.
Me adjunté de oyente al curso de Historia III de Priani (donde conocí a Alviseni. Aún recuerdo, con claridad, el día que le preguntó, afuera del salón, a Priani: ¿En qué parte Wittgenstein habla de Agustín? Priani no supo. Yo, por excesivo y estúpido pudor, me contuve para no responderles: "Así comienzan las Investigaciones Filosóficas, con una cita de Confessiones I-6." Creo que la razón de que al final Alviseni haya entrado a Medicina, y una de las cuales me retrasó tanto en Filosofía, es caer tan lejos de la banda analítica, de no haber tomado clase con ciertos profesores, y caer con otros. En fin).
Y en ese curso, debo subrayarlo, Priani nos mandó a leer unas cuantas Enéadas: algunos tratados de la IV y otros de la V: para averiguar qué es el alma para el neoplatonismo. Le pedí a mi mamá que me comprara los entonces carísimos tomos II y III de las Enéadas de Gredos, pero en el Sótano (pues nada encontramos en la Gandhi ni en el FCE) sólo estaba el tomo II: las Enéadas III y IV. Mientras hacía mi tarea, por curiosidad revisé la Enéada III-7, tan citada en las notas al pie de Confessiones XI. Y ¡ooooooohhh!

oooooooohhhh

oooohhhhhhhh!

(como dice Borges en el Aleph: de pronto lo vi todo, junto y de una sola vez)

La tesis se consagró al tiempo.
Comencé a leer algunos textos disponibles en castellano (pues entonces sólo sabía un poco de hebreo y... castellano... ni siquiera inglés) sobre la famosísima disputa sobre la eternidad del mundo. Y caí con Santo Tomás (mi primer contacto con el Tommy). Pero, para desesperación mía, no podía encontrar al otro que, según yo, era fundamental para entender la disputa: san Buenaventura. El texto no estaba, ni en latín, en la UNAM: la última edición era de finales del s. XIX y nadie lo había reeditado. Priani, como siempre, por única ayuda bibliográfica me pregunto ¿y no lo encontraste en internet? (en aquellos tiempos no estaba todavía en línea: justo el link que iba a al comentario al segundo libro de las Sentencias estaba inactivo: hace algunos meses por fin lo encontré). Encontré, sin embargo, el Breviloquium, y Daniel me lo tradujo (después de que mi amigo de hebreo y yo nos rompimos un buen rato la cabeza).

Hice un hermoso ensayo sobre el de aeternitate mundi contra murmurantes de Tomás y algunas cuestiones de la Summa (debo estar mal: no me acuerdo de cuáles). Triunfante, se la llevé a Priani. Bueno: era obvio que ahí no salía Agustín, que no tenía idea de cómo integrarlo a la tesis... ¡¡pero de ahí podía salir una nueva tesis!! A Priani le agradó, más o menos, pero la cosa jamás pasó de ahí: Tomás es de esos filósofos a los que jamás invitaría a comer (sic)... y creo que es de aquellos que, sólo si su vida corriera peligro, los leería.

En fin. Yo andaba metida en aquellos bretes, cuando cayó en mis manos De Trinitate. Ese era un Agustín ligeramente diferente del Confessiones X y XI. Pero justo en aquellos tiempos ocurrió el fatídico hecho de la pelea de Priani con Daniel... y me quedé sin asesor de tesis.
Pero ese no es el tema. La cosa es que, para ese momento, ya tenía yo una enorme familiaridad con Plotino, con Agustín, y comencé a echarle un vistazo a los Estoicos: eran una de las fuentes fundamentales del africano. Pero ¿qué creen? de los estoicos no nos quedan sino retazos. Ahí sí que no había otra sino entrarle directamente a la bibliografía secundaria... y pues... había un librito color ladrillo, a precio razonable, en la librería del Instituto...

Pero antes de encontrar el De Trinitate y justo después de terminar mi trabajo de Tomás, mi cabecita fue poseída por una idea rutilante.

Cuando entré a cuarto de hebreo, decidí inscribirme por fin a árabe. Y la cosa era muy divertida: no sólo por los conflictos políticos y rarísimos que existen entre los profesores (no los que me dieron clase, sino los jefes de los respectivos departamentos: José Luis Habib (q.e.d) y Bertha Benabib. Chistoso que se odiaran "amado" e "hijo del amor". No: lo verdaderamente curioso era la similitud. Y yo me cotorriaba a mi profe de árabe, argelino y paisano del san Augus: él decía que cualquiera que supiera español y francés (como él) podía entender después todas las lenguas "latinas" (ese fue su error) "¿y apoco le entiende al latín?"... jeje... pero era cierto: con el hebreo que sabía y el poquito árabe que había aprendido, Paco y yo ya podíamos leer, con esfuerzos, el caldeo, y comprendíamos sin ninguna dificultad el arameo. Me arrepiento de haber abandonado aquél camino.

El caso, pues, es que, al inscribirme a árabe, pensé: "antes del árabe, yo quería aprender griego". Y me metí de oyente con ALEJANDRO Curiel. Y

oooohhhhh


ohhhhhhh


ohhhhhhhhhhh!!!!

Me enamoré del griego.
De griego, nomás del idioma (aunque aclaraciones no pedidas...)
Además, yo andaba tras los pasos de Plotino, así que aquello era lo más prudente. Pero después de un semestre, comprendí que si iba a hacer la tesis de Agustín, debía optar por la opción responsable: aprender latín. Y llevé a cabo un sueño más antiguo todavía: inscribirme a una licenciatura de letras.

Durante muchos años pensé, dado el peso que el alemán tenía en la filosofía, inscribirme Letras Alemanas: ¿cómo iba a comprender una disciplina si no dominaba su lengua y su cultura? Pero el tiempo que pasó entre esa decisión y mi transcurso por la filosfía me hizo mudar de Letras: no serían las alemanas sino las Clásicas (y no erré).
Así que me inscribí a Letras Clásicas
Y, paradójicamente, fue ahí donde tuve mi primer verdadero contacto con la Filosofía Analítica. No de un modo ortodoxo: todo llegó a través de Ferdinand de Saussure y su lejana relación con Chomsky.
Letras Clásicas abrió mi cabecita... y la saturó: ya no me daba la cabeza para aprender simultáneamente griego, latín, hebreo y árabe... y dejé el árabe (justo el causante y origen de toda esta odisea)... (y ahora... ¡cómo me arrepiento!).
Pero además me dió una enorme flexibilidad: me enseñó el ser autodidacta (¡ja! ¿la virtud se enseña, querido Platón?), y la habilidad de pasar, casi sin ningún problema, del griego al latín y viceversa.
Después del conflicto prianezco, yo me quedé sin asesor, porque el único que parecía ser capaz de dirigirme mi extravagante proyecto de tesis de maestría era él. Y es que el proyecto era bastante extravagante: Plotino-Averroes/Tomás-Ficino.

Aquí va otra historia Afortunada:
Yo andaba metida en Plotino. Y vi que en la maestría, Priani, todavía mi asesor, daría un curso llamado "La tradición de la teología platónica". Por cuestiones de formato, ése creí que era el nombre del curso. Pero no: el nombre era "La tradición de la Teología Platónica" o séase: no sería un curso sobre la historia de la tradición de la teología de Platón (que según yo involucraba a Plotino), sino sobre una obra desconocida -para mí- de un tal Marsilio Ficino.
Aun advertida de mi error, me quedé de oyente (pues yo no estaba todavía en la maestría). Y fue entonces cuando tuve mi primer contacto con los temas del Intelecto: la Inteligencia Angélica, como la llamaba Marsilio. Y oí por primera vez el título averroísta y me llamó la atención el tema de las relaciones entre el cuerpo y el alma, y los sentidos y el intelecto.
Aquél fue el segundo mejor seminario de mi vida (si no los aburro, orita les cuento del primer mejor seminario de mi vida).
Estaban ahí la Funes, y la Cartesiana, y Narda Sol la astróloga, y Evangelina, y eramos un montón de viejas que queríamos entender ese asunto de la Inteligencia Angélica. Y como Funes es muy inteligente (ejem... y mi cerebro entonces ruleaba bien), y como, además, Priani introdujo en ese tiempo el asunto de los Blogs en los seminarios... aquella fue una experiencia fantástica y única y maravillosa y...
Y ya para qué sigo...
Así que después del conflicto Prini-Daniel, y mi pérdida de asesor, pues me quedé con cara de What?.

Pero yo había quedado muy contenta con aquél librito color ladrillo sobre los Estoicos: era un libro lindo, claro, y, sobre todo, tenía una tesis que yo creía poder refutar con facilidad: para que los estoicos pudieran sostener su compatibilismo, tenían que permitir que hubiera un resquicio de indeterminación cosmológica: la voluntad humana. Y muy oronda, puse una notita a pie de página en mi tesis. La nota no venía al caso: nomás quería dejar asentando en algún lado mi refutación. Y entonces, Horneffer, quien accedió a dirigirme la tesis para salvarme del conflicto con Priani, me dijo:
Pues por qué no dices a Salles que sea tu sinodal: a ver que opina de tu notita.
Al final la nota no quedó en la tesis. Pero Salles sí accedió a ser mi sinodal. Y a mi me tenía entonces muy apantallada porque sabía griego: era el único filósofo que yo conocía entonces que sabía griego y latín (luego me apantalló más, pero esa es otra historia).
Entonces le enseñé el proyecto (lo recuerdo con claridad pasmosa) y le pregunté si quería ser mi asesor de la maestría.
Para entonces, puesto que Priani, aunque ya me dirigía de nuevo la palabra, se negó por segunda vez a asesorarme, yo ya había buscado por todos lados a alguien que pudiera estar interesado en mi excéntrico tema. Y todo mundo había declinado muy elegantemente. Pero Salles me dijo: pues yo no sé más que de los griegos. Et inquam: pero me basta con que sepa griego y latín. Et inquit: bueno...
Dijo BUENO...
Que quede constancia... dijo BUENO...

Comenzó el proceso de inscripción a la maestría. Y yo con un mes de anticipación me puse a escoger mis materias. Gracias a las habilidades demiúrgicas de ya saben quién, había una inusitada oferta de filosofía antigua. Y entre todos los cursos, uno llamó, OBVIAMENTE, mi atención: El problema de la unidad del intelecto en el siglo XIII... ¡¡¡ese era prácticamente el segundo capítulo de mi exótico proyecto!!!... y lo daba un tal ALEJANDRO... de apellido con doble consonante...
¿Y ese quién es? le pregunté a Daniel
Ah! dió una vez un seminario en la clase de Laura Benitez
¿y qué tal?
Pues... bien...

Y que me inscribo...

Ocurrió entonces que por fin tuve mi primera cita con mi ilustrísimo asesor. Y ¡zaz! y ¡recontrazaz!... nada: que mi proyecto estaba demasiado exótico (verdad) y por abarcar mucho apretaría poco (verdad) y que él ¡no iba a dirigir nada que no fuera de los griegos! (¡¡traición!!).
O sea: que siempre no me dirigiría eso que le había llevado.

¡ZAZ!

¡ZAZ!

¡ZAZ!

(aquella vez en su cubículo me sentí como animalito que había caído en la trampa)

Me negué rotundamente (en mi mulier interiora) a abandonar, así como así, mi proyecto. Y lo único que acepté fue a comenzar con Plotino. Total: quizás en el doctorado podría contiunar el exótico proyecto.
Mientras mi proyecto se venía abajo, y yo buscaba un medio de no perder contacto con el Intelecto Angélico, decidí dedicar la mitad del tiempo con Plotino-Ricardo y la otra con Averroes-Alejandro. Total: podría deshacerme de Ficino, y conservar aun así los primeros dos capítulos de la tesis.
Pero en algo que Salles no se equivocó en absoluto (y en general no se equivoca), es que vale la pena dirigir todas las energías a estudiar un solo tema a la vez. Y bueno: vino el Taller de Filosofía Antigua, Birondo, las percepciones accidentales... y todo lo demás es vieja historia conocida.

Bueno, por hoy hasta aquí.

La esponja que escribe sus Confesiones...

Ahhhh! pérenme... todo esto venía a cuento por otra cosa:
Que orita me siento como perdida en el espacio: todo es nuevo.
La Edad Media, trabajar un maldito texto en latín (sin una tramposa traducción que me haga creer falsamente que sé latín), el tema de la intencionalidad, las categorías que se usan cuando uno trabaja esos temas... yo estaba más bien entrenada en Plotino, el neoplatonismo... y por eso mi cerebro rulea con más facilidad frente al platónico de Boecio que frente al exótico de Avicena, Alberto Magno y Fodor (¿Fodor?... ah, esa es otra historia).
Pero entonces, mientras escribía esto, me acordé que me sentía igual de perdida al principio de Lévinas, Husserl, Agustín y Plotino. Pero al fin me encontré.
Y sería una perdida si, al final, me rajara por la dificultad que implica comenzar un nuevo tema, una nueva formación, una nueva aristotelización de la cabeza.

Vale la pena.
Todo esto, vale la pena.
Porque, hasta eso, la fortuna obró imperceptiblemente en mi favor: fue el exótico e irrealizable proyecto el que me llevó al mejor seminario que jamás haya tomado en mi vida.
Porque, así como ALEJANDRO Curiel tenía una manera extraordinaria de enseñar el griego, este ALEJANDRO (el de la doble ll) tiene una forma extraordinaria de desglosar argumentos, de mostrarlos, de iluminarlos: de hacerlos fructificar frente a los ojos de los atentos alumnos. Aunque seamos tres o dos, aunque las condiciones sean cada vez más adversas. Aunque por el puro nombre y la pura costumbre, Priani tenga más alumnos y se los lleve todos.
Y tan vale la pena, que en cada curso que da, consigue un fan. (Hoy Luis, rompiéndose la cabeza, trató de encontrar una manera de que el próximo semestre dé clase. Se necesitan por lo menos tres alumnos inscritos: Luis ya se ofreció. Quizás me inscriba yo también: creo que sí puedo. Y sólo falta uno más... uno más... uno más que termine, al final de esta historia, también enamorado, también transformado en fan, también ansioso de verlo exprimir lo que no nos es evidente. Con sus dotes de Commentator, y el '¿cómo así?' que hace de sus clases cálidas... y la generosidad que, hace mucho tiempo, dejó de rondar los pasillos de la facultad...

Sí, todo venía a cuento por eso...

Bueno... falta la nota final: porque al final Salles proveyó todo lo necesario para que yo, al final, acabara haciendo mi tesis sobre Avicena. Todo fue conciente e inconciente a la vez.
Para empezar aceptó ser mi sinodal. Luego mi asesor. Y aunque al principio parecía que él me iba a dirigir la tesis de un tema que él podía dirigirme, esa promesa me educó y formó inimaginablemente. Y obró concientemente porque su seminario (el tercer mejor seminario que jamás he tomado en mi vida) no sólo mejoró notablemente mi griego, sino que me enseñó método para acercarse a los antiguos y su historia. E incoscientemente obró porque al invitarme al taller de Filosofía Antigua tuve mi primer contacto con el espinoso tema de la intencionalidad. Y conscientemente obró porque gracias a él entré al Instituto, el cual es la mejor biblioteca en México de filosofía antigua y medieval... sí: también de filosofía medieval; además de que está lleno de recursos por todos lados. Y obró incoscientemente porque se trajo a ALEJANDRO a dar clases acá y concurrieron las causas y efectos del destino con la finalidad de mi cabecita. Y, cuando opté por hacer la tesis sobre la intencionalidad en el siglo XIII (porque mi tesis no es sobre Avicena: es sobre la intencionalidad en Alberto Magno) finalmente obró con plena consciencia para que se pudiera dar el cambio. Y ofreció todo su apoyo, y lo sigue ofreciendo.

Porque esa generosidad, la de ambos, es algo raro en la facultad.

Y ora sí: tan, tan.

01 noviembre 2009

Hernández (cosas de raíces)

Este señor es Ángel Hernández Guerra, oriundo de la Huasteca Tamaulipeca, y a quién le aconteció ser mi bisabuelo paterno (papá del papá de mi papá: razón por la cuál llevo su apellido).
Prólogo:
Todo empezó porque a mi papá, físico-criptohistoriador, le dió por reconstruir su árbol genealógico. A diferencia de muchos de mis amigos, maestros y compañeros, a pesar de tener una amplia familia, carezco de un conocimiento claro de mis orígenes. Del lado materno, los orígenes de mis familias se quedan en mis bisabuelos y más allá se pierden en la bruma del misterio: de mi bisabuelo Bruno Rubio sólo se sabe que era un hombre orquesta que llegó al pueblo de Balleza, Chihuahua, donde se casaban entre primos de tan aislados que estaban. Ahí conoció a Eufemia Loya, y con ella procreó no sé cuantos hijos, de quienes sólo tengo noticia de tres: mi abuelito Raymundo, la famosa Tía Chayo y el Tío Bruno. Algún día iré a Balleza para averiguar si se puede averiguar algo de esos misteriosos Loya: sabemos que, como hongos, aparecieron por generación espontánea en el siglo XVII allá en Chihuahua. Y de ahí vienen las narices rectas y las manos de pintura manierista. Mi abuelita materna, huérfana, sólo se acoraba de que alguna vez escuchó que sus dos abuelas se llamaban Paula, y que su papá, Juan Vega, era español. Pero ¿de qué parte de España? vayan ustedes a saber. Del lado paterno sé que mi tatarabuelo se llamaba Pantaleón (me enteré hace tres días, gracias al árbol de mi papá) y que murió en 1948.
Como no soy católica, siempre me he sentido medio ajena a todos los que me rodean (yo era la rara que jamás iba a las misas, que no tuvo fandango de primera comunión, que no le hicieron quince años -ahí privaba, además, un tufillo feminista- y que nunca tuvo colgada al cuello una medallita de alguna virgen). Pero tampoco soy judía, ni puedo presumir el provenir de una extraña familia de gitanos o musulmanes. No tengo ancestros alemanes, ni siquiera guatemaltecos. NO. Soy mexicana por defecto. La única esperanza que tenía, era ser indígena y española, como corresponde a todo mexicano hijo de su propio mito. Pero para mis terrores, descubrí que por más que le buscaba, lo indígena no salía por ningún lado.
Ni India ni Católica: mi mexicanidad se estaba diluyendo apunto de arrojarme hacia la nada. ¿Qué sería de mí? ¿Quedaría mi nacionalidad reducida a provenir de la tierra del pan Bimbo?
Fue entonces que descubrí la fotografía del Abuelo Ángel... sus ojos y su apellido, que es, a final de cuentas, aquél con el que firmo.

Hernández:
Apellido patronímico que proviene del nombre Hernán o Ferrán, del cuál provienen los nombres Fernando y Hernándo. Probablemente provenga del céltico Harr (cf. War-Guerra) que significa batalla... ¡eso encontré en una página! porque la Wikipedia sólo trae un resume de esa página... ¿le creeré? Para empezar, según yo Her es posterior a Fer... pero bueno. Además, según yo, era más bien germánico, provenía de "Ferd" que es algo así como "Forth" en inglés, de dónde viene forehead: lo que está primero en la cabeza, la frente. Y Nand, (algo tendrá que ver con batalla, aunque ahora que lo piens ¿qué?): el primero en la batalla. Pero vayan ustedes a saber. Lo cierto es que se volvió un apellido popular a partir del siglo XV, cuando el mero mero era Fernando de Aragón, el rey Católico, bajo cuyo dominio se pobló la América... con el consiguiente resultado de que una enorme cantidad de americanitos nos apell
idamos Hernández (o Fernández: también vaya a saber si es o no el mismo apellido). De todos modos, la única prueba fehaciente que poseo de que tengo sangre indígena, que vaya más allá de las elucubraciones y las probabilidades, paradójicamente proviene de mi apellido Godo o Celta o lo que sea: Hernández.

Soy bisnieta de Ángel Hernández Guerra, oriundo de la huasteca potosina... o de dónde esté Morelos Nuevo, porque mi papá ya se hizo bolas y no se acuerda de cuál de los dos Morelos venía. Y como le pasa uno de cada dos huastecos, se apellidó Hernández.


Por alguna misteriosa razón, cuando llegaron a la Huasteca las gentes del registro ci
vil, se dieron cuenta de que la mitad de la población se apellidaba Hernández, y la otra simplemente no tenía apellido. Así que la otra mitad de los huastecos llevan por apellido nombres de pila: como mi primo político Higinio: Higinio Félix Hernández.

Yo no tengo idea de si el abuelo Ángel sabía Nahuatl o no, de todos modos es muy probable que si no él, sí sus propios padres. Tampoco tengo ninguna prueba de que sea indígena puro, y menos sé si era de ascendencia Náhuatl o Tének (los Tének son unos primos lejanísimos de los mayas: creo que el tének y el maya están tan emparentados como el germánico y el griego: lo suficiente). Sin embargo, me basta con su apellido y sus ojos (mírenlos bien: son legítimos ojos de huasteco) para saber que, en el fondo, tengo por lo menos una raíz que ata a esta tierra.


Y es que estaba muy preocupada. Tanto nos han vendido el discurso del mestizaje, tanto que somos hijos de español e indio, que yo me comencé a preocupar cuando descubrí que los rasgos morenos de mis dos familias tenían mucho más que ver con los árabes y los moros que con los
indígenas.

(Ella es Elvira, mi bisabuela paterna, pero mamá de la mamá de mi papá (o sea: la consuegra del bisabuelo): esas cejotas pos así como que muy americanas no son. Por el tipo de rasgos, supuse yo que venían de la parte árabe de España)
A mi abuelo materno de plano le decían "ahí viene el árabe", y cuando descubrí la foto de mi bisabuela paterna, me quedaron claras dos cosas: mi hermana (q.p.d.) tenía justo ese rostro, idéntico, igualito; y más bien parecía que mi bisabuela había llegado con un montón de Sirios en un barco. Su color moreno (el de mi hermana, pues) nada tenía del color de la tierra: igual que mi deslavado colorcito piñón, se había bajado de un barco.
Y es que ¡ah cómo jodía mi papá con que qué bonito era el color moreno de mi hermana! ¡Ah qué linda son las morenas! ¡Ah, la morenidad!... y yo nomás me veía y comprobaba con desazón mi color de axila de lagartija (como diría el malévolo de mi primo Valentín, por cierto, otro que parecía árabe). Y todo aquello del color moreno, pues yo supuse muchos años tenía que ver con reivindicaciones nacionalistas (que, por cierto, fui mujer y me pusieron mi super-castizo nombre Paloma. Porque si hubiera sido hombre, me hubieran puesto Tepóraca: el jefe de la resistencia Rarámuri... ahora que lo pienso, sí siento un poco de nostalgia de no tener nombre de héroe y sí de espíritu santo) Del lado paterno, pues, todos eran medio apiñonados y unos cuantos morenitos. Eso sí, todos igual de enanos: mi orgulloso 1.57 cm. es culpa absoluta de mi lado paterno. Del lado de mi mamá, en cambio, todos son altisísimos, y por medios iguales se reparten entre los morenos de nariz aguileña y los blancos con larga nariz recta (y unos cuantos apiñonaditos con narices graciosas... como yo comprenderé). Mi tío el que era blanco de nariz recta, tuvo a un hijo moreno de nariz aguileña que parecía sacado de la lista de los árabes más buscados por la CIA. Y mi tío el moreno y de nariz aguileña tiene un hijo que (además de ser el vivo retrato de mi mamá y de mi otro tío), es blanco como papel. Los genes se empecinan en no sacar café con leche.

Y cuando todo mundo veía a mi hermana, llegaba a la conclusión de que era la mezcla perfecta entre las cejas de mi bisabuela y la nariz de mi mamá. Pero cuando caí en cuenta de todo eso, también caí en cuenta de que de indígenas pos no parecíamos tener nada de nada. Porque por más que le buscaba, los tonos 'color de la tierra' pos más bien provenían de tierras de Levante o del Magreb, nada que viniera de alguna milpita cercana.

Pero al fin vi la foto del Abuelo Ángel, y respiré tranquila: de todo el merequetengue de razas que conforman mi merequetengüiado árbol genealógico, la línea directa de la cuál proviene mi apellido, y él único que podré heredarle a mis hijos es, efectivamente, náhualt: aunque esté disfrazado de Godo.


Esponjita Hernández


PD: Otra prueba de que el Abuelo Ángel tenía fuerte filiación indígena es que, ya muy anciano, conservaba su cabello casi negro. Sí, sí... más o menos como le pasará a mi marido...

31 octubre 2009

Problemas de Comuniación

A TODOS AQUELLOS AMIGOS BLOGUEROS DE QUIENES ERA ASIDUA Y AHORA PARECE QUE LOS HE ABANDONADO, LES DEBO UNA EXPLICACIÓN:
A TODOS AQUELLOS QUE SE LES OCURRIÓ PONER UNA SIMPÁTICA VENTANITA NOVEDOSA RARA PARA DEJAR COMENTARIOS (COMO EL BLOG DE BAZAN, O EL DE ZAGAL, O EL DE CALLEJAS), POR ALGUNA RAZÓN SE HAN VUELTO INACCESIBLES PARA MI POBRE MAC. PERO LOS SIGO LEYENDO. NETO.
EN FIN... LOS EXTRAÑO. VENGAN DE VEZ EN CUANDO:
LA ESPONJA INCOMUNICADA.

PD: a todos los demás, júrolo júrolo que también los sigo leyendo... pero la jodida tesis... ya ven... tiene la culpa de todo... y si no comento a la gente bonita de COCHIMÍ o a las que Huelen a Mejorana, o a las Hadas cosquilludas, cuando dejan comentarios, es porque... mhh.. porque.. ya ven, la tesis, la jodida tesis.
En fin. Ya me voy... sigo atorada con el capítulo dos.

30 octubre 2009

Calaveritas


En algún momento a alguien se le ocurrió llenar de barroco pastillaje a las descarnadas calaveras del Zompantli. Y los niños, en sincrético rito, andan de puerta en puerta (sea la escotilla del carro en plena avenida Insurgentes, sea el pulcro y muy bien cuidado portal del un vecindario de gente bien), pidiendo para su calaverita. Antes, en vez de bolsas impresas en China o calabazas de polímero anaranjado, andaban los niños con cajas de zapatos, adentro una vela, y esperaban dinero, no dulces. Porque la encomienda es: "¿me da para mi calaverita?", o sea, para la calaverita de azúcar que se va a comprar después.
Y vayan ustedes a saber si ponerle azúcar barroca a la descarnada calavera del Zompantli fue un asunto de endulzar lo terroso, o de enterrar lo dulce. Vayan ustedes a saber.
Pero en la primaria, nos ponían a escribir calaveritas. Y, bueno, ahí fue cuando debí darme cuenta de que la poesía y el ingenio no eran lo mío: las mías jamás eran buenas. Pero una calaverita tradicional siempre empezaba:

Estaba la Esponja bloguiando
cuando la muerte se la llevó,
ya ves, por andar fumando,
y de las greñas la arrastró


(si se fijan es fácil: como siempre termina el primer verso con un gerundio y el segundo con un perfecto, pues ya estuvo...)

Pero la Esponja le dijo
huesudita tenme paciencia
que a mi asesor no le hará gracia
si no le traduzco a Avicena


(aquí la cosa se puso más complicada... bueno, se los advertí)

Y la huesuda le dijo
a mi no me vas a ver la cara,
llevas ya cuatro semanas


prometiendo terminar,
pero en vez de traducir
no has hecho más que bloguiar.


(o algo así. Obvio: uno no se hace su propia calaverita. Se la hace a un amigo, persona conocida, u lo que sea... pero bueno: para calaveras tan malas, mejor me pongo yo de ejemplo)

Como sea: habrá pan de muerto (con sus correspondientes huesitos de pan y sabor a naranja), calaveritas de azúcar, todo comenzará a oler a zempaxóchitl (¡zaz! ¿cómo se escribía?... bueno: mi ortografía fue muy etimológica), a incienso o en su defecto correcto, a copal. En las casas donde todavía hay abuelitas, se comerá Calabaza en Tacha (¡zaz y recontra zaz! no sé cómo se escribe tampoco: nomás me la sé comer), ya sea con mucha leche condensada, ya sea en su incógnita forma original.
Eso sí: desde que el Walmart le entró a la elaboración de calaveritas y pan de muerto, a mi se me hace que todas se hacen en China. Pero alguna vez fueron verdaderas obras de arte...

la esponjita calavérica.

PD:
Valerio,
Te extraño,
Eponjita

29 octubre 2009

Carta




Valerio,

Te extraño.

Esponjita.


(Verán ustedes: las pasiones son así. A veces se desordenan y se resisten a perder la esperanza. Se resisten al orden que adviene de fuera, que las quiere usar de plastilina par edificar la virtud. Y al final sus gritos son tantos, su escándalo tan magnífico, que terminan de persuadirlo a uno de que, si bien el objeto de su amor es imposible, sin él este globo terraqueo carece de sentido. Y por eso que no le extrañe que, contra el propio pudor y el sabio consejo del principio de realidad, no falten las valientes que le regalen Lechuzas (¡demonios! fui yo la que la convencí de que aquél espantajo de peluche era una Lechuza y no un Búho... ahí estuve yo buscando en la Wikipedia para averiguar si el bicho que acompaña a Atenea es un Tecolote o qué... ¡demonios!, ahí estuve yo, por la juguetería escuchando sus razones. Y le contesté el teléfono una hora antes de que se la diera... y luego veinte minutos después de que se la dió... y me emocioné también, y quise abrazarla, como si le hubieran dado un premio... admiré su valentía, admiré lo espontáneo... y disfruté tanto su risa nerviosa, aunque haya sido nomás platicada... Con quien tanto quería, dice Hernández de Ramón Sijé).
Será quizás que las pasiones, quienes también son sabias -en la sabiduría que les corresponde-, conocen a sus homólogas, las que habitan dentro del cráneo y la amplísima frente del objeto del deseo, y saben que lo que ocurre del otro lado es un ejercicio de resistencia a las propias. Calculan y deliberan -las pasiones: no nuestra propia razón engañada- y actúan sin amo y sin ἡγεμονικόν que sea capaz de controlarlas. Calculan y deliberan: la obra que se han puesto enfrente es dificilísima. Frente así tienen a un Demiurgo que ha vencido, por fin, al material-ὑλή del revoltoso ello que lo constituye, y se ha vuelto artífice de su propio destino, de su Fato. Y nosotras, desgobernadas, sólo vamos tras la llama como polillas enloquecidas... dispuestas, a todo, a todo: a la conflagración final. Pero todo es una ilusión, una vana ilusión... sobre todo porque si al final cayera en las manos de alguna de las dos, no podríamos dividirlo. Porque nuestro mutuo amor, nuestra mutua amistad está fincada en lo que nuestro objeto del amor tiene de inaccesible. Nos juntamos, a veces, a llorar quedito nuestra desazón. Somos capaces de querernos porque somos incapaces de quererlo. A veces nos convencemos mutuamente de que aquello no es amor, sino una desviación psicoanalítica del padre ausente. Sabemos ambas que nunca nos contamos lo que en realidad sentimos por él: sólo nos reunimos para gritarnos, una a la otra, lo que él nos duele.
Sus enormes ojos, los únicos incapaces de ser gobernados por el artífice interior que lo construye, nos estruja el corazón y los huesitos. ¡Triste sería esta historia si no estuviera ella! ¡Triste sería esta historia sin sus enormes ojos de Spinoza! ¡Triste sería esta historia si no supiéramos que, un día de estos, nos volverán a ver sus enormes ojos! Y ahí vamos, plenamente concientes del peligro, detrás de la llama que ilumina sus enormes ojos. Y yo sigo aquí, escribe y escribe, porque lo extraño, porque el latín me aterra, porque mi soledad no es tanta como la de ella. Porque corro menos peligro, porque tengo mucho más que perder que ella. Porque ella ahí va, atraída como polilla por la flama que lo hace andar a él. A él, Valerio...)

Carta

Valerio,

Te extraño.

Esponjita.